Contar no es leer en voz alta, y no sustituye a la lectura: la precede. Un niño que ha escuchado historias ya sabe cómo funciona una: sabe que algo empieza, que algo se tuerce y que algo se resuelve. Cuando después se encuentra con un libro, no está aprendiendo a la vez a descifrar letras y a entender un relato. Solo tiene que hacer una de las dos cosas.
En una sesión contada no hay libro de por medio, y eso cambia quién puede participar. El que todavía no lee, el que lee con esfuerzo y el que ya devora novelas están exactamente en la misma posición: escuchando. Para el alumnado que arrastra dificultades lectoras, esa media hora suele ser la primera en la que la literatura no le deja fuera.
Cómo aprovecharla en el centro
Lo que mejor funciona es dejar a la vista, al terminar, los libros de los que salieron los cuentos. La sesión levanta las ganas y la biblioteca las recoge. Si me dices con antelación qué estáis leyendo este trimestre o qué autor trabajáis, puedo elegir el repertorio para que empalme con ello.